Travestismo, transexualidad: Juicios y perjuicios

La semana pasada trazábamos desde esta columna una aproximación a la definición de transexualidad a partir del punto de vista de los organismos médicos internacionales. Con independencia de los detalles más o menos técnicos y de las diferencias que pueden encontrarse según se acuda a una u otra fuente, la definición a la que llegábamos puede resumirse como que la transexualidad es la falta de coincidencia entre la identidad sexual y el sexo biológico de un individuo.

Transgénero engloba a todos aquellos individuos que, por uno u otro motivo, se diferencian de las identidades de género hombre/mujer que son asignadas generalmente al nacer”

No obstante, ya lo advertíamos también en la columna sobre la definición de la transexualidad, aunque la aceptación de la transexualidad por parte de los más importantes organismos internaciones y su inclusión en la bibliografía médica de referencia es sin duda un importante avance en términos de reconocimiento de este colectivo, aún queda un largo camino por recorrer que empieza en la misma definición del término y el debate sobre la adecuación del mismo para describir la realidad a la que se refiere.

travestismo y transexsualidad

Y es que, más allá del debate médico y el reconocimiento por parte de la comunidad científica de la transexualidad, existe también un debate social, especialmente impulsado desde la propia comunidad de personas travestis y transexuales, que pretende no sólo dar visibilidad a esta realidad sino también poner sobre la mesa cuestiones tan importantes como el uso correcto del género o el término más adecuado y libre de prejuicios. No es una novedad que el vocabulario que empleamos, por más correcto que sea en términos lingüísticos, esté lleno de prejuicios que, nos guste o no, condicionan el concepto al que se refiere y el modo en el que el hablante lo entiende. La cuestión aquí es, sin ir más lejos, si el término transexual adolece de ese mal que son los prejuicios sociales y que pueden convertirlo en peyorativo. Así pues, lo que se discute no es tanto si la palabra es adecuada o no lingüísticamente para referir la realidad que nos concierne, sino si dicho término lleva adosado, por deformidad cultural, una serie de ideas negativas que perjudican el fin último que como sociedad debemos perseguir: la plena integración de todos sus miembros en igualdad de derechos, deberes y condiciones en la sociedad y con independencia de su sexo, raza o religión, y, obviamente, esto incluye a aquellas personas que no se sienten identificadas con su sexo biológico y deciden obrar en consecuencia a su sentir. El debate sobre el término adecuado, pues, gira en torno a la idoneidad de la palabra transexual o de la preferencia por otras de significado análogo, o en el que se incluye la anterior, pero carentes del posible sentido negativo de la primera. Algo similar ocurre con otros términos relacionados con la identidad sexual, como travestismo o travesti.

La propuesta por parte del colectivo de personas transexuales es el uso del término transgénero, que engloba a todos aquellos individuos que, por uno u otro motivo, se diferencian de las identidades de género hombre/mujer que son asignadas generalmente al nacer. De este modo, la palabra transgénero, carente de los prejuicios anteriormente mencionados, designa no sólo a los transexuales, sino a todos aquellos individuos que se desmarcan del género biológico y con independencia de su orientación sexual. Así pues, este término no sólo englobaría a la transexualidad o el travestismo sino también la androginia o la asexualidad, entre otros.

“…es muy difícil renunciar a las etiquetas en cualquier circunstancia, más aún cuando hablamos de un colectivo que todavía está luchando por el reconocimiento y aceptación social.”

Y ahí surge la siguiente parte del debate y, también, la más espinosa, la definición y caracterización de la transexualidad, más allá del término usado para referirse a ella. Y es que parece increíble que a estas alturas, ya lo decíamos la semana pasada, un organismo como la Asociación Psiquiátrica Americana se vea obligado a tener que insistir en su obra de referencia sobre el hecho de que la transexualidad en ningún caso puede ser considerada como un trastorno de tipo delirante. Y en esa misma línea, lo que a día de hoy se discute es la pertinencia de la inclusión de la transexualidad dentro de los desórdenes mentales en las principales obras médicas de referencia, máxime cuando todavía se sabe tan poco sobre qué factores, cómo y por qué influyen en la transexualidad. O, dicho en otras palabras, ¿cómo es posible que se de por sentado que la transexualidad sea un tipo de desorden mental cuando no se ha podido comprobar si existen factores de típico físico, por ejemplo, genéticos, detrás de la no identificación con el sexo biológico? Y, no sólo eso, sino que ¿por qué motivo no puede tratarse de una opción y elección personal con independencia de desencadenantes mentales o físicos? ¿Acaso debemos siempre atribuir a un desorden físico o mental de cualquier tipo aquellas actitudes, comportamientos o sentimientos que se salen de un modo u otro de los entendidos como normales por la sociedad?

Por supuesto es muy difícil renunciar a las etiquetas en cualquier circunstancia, más aún cuando hablamos de un colectivo que todavía está luchando por el reconocimiento y aceptación social, como el de las personas transexuales. No obstante, quizás, las etiquetas, aunque útiles para conseguir avanzar en la integración y reconocimiento de derechos, no lo sean tanto a la hora de describir un realidad que tiene múltiples y ricos matices y que, como siempre suele ocurrir, no hacen otra cosa sino enriquecerla.

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