Escorts: “Besar en la boca. Eso no lo hago jamás”

Así responde Estrella, la escort con la que me he citado ex profeso para escribir este artículo, a mi pregunta sobre sus límites con los clientes. Me contesta y acto seguido coloca entre sus labios la boquilla de un cigarro rubio. Lo enciende con un mechero dorado de piedra y aspira profundamente. Luego suelta una voluta de humo con estudiado gesto sensual.

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– Besar en los labios nunca, insiste.
– ¿felaciones tampoco?, inquiero.

Me mira como si yo fuera retrasada mental, imbécil o una panolis.

– ¿Tú en qué planeta vives? ¡Las mamadas son a la prostitución lo que el niño Jesús al portal de Belén!
– Ya…, titubeo, besos no, pero mamadas sí, hago como que tomo nota.
– La cuestión, bonita, es que hay que saber trabajar en frío. Una buena profesional es la que estando helada produce en el cliente la impresión de calentura.

Me habla airada. No se corta en mostrar ante mí una altanería antipática que quizás no muestre más que sus propios complejos.

“Lo que hace difícil la existencia de la prostitutas no es su situación moral o psicológica. Es su situación material, que en la mayor parte de los casos es deplorable.” – Simone de Beauvoir

Me está resultando complicado conseguir la empatía necesaria para entrevistar a esta mujer que ejerce la prostitución desde hace 20 años de modo independiente. La conocí gracias a su currada página Web. Dice que saca para pagarse la seguridad social como autónoma, y que tiene un buen fondo de pensiones. Es hermosa, debe rondar los 50 pero aparenta menos. O aparenta los 50 pero lo lleva bien. El pelo bonito y la figura armoniosa. Apuesto a que tiene en la cara algún retoque, pero no resulta molesto. Lo que sí me desagradan son sus gestos elaborados y teatrales, ausentes de espontaneidad. Como si los movimientos de los músculos de la cara estuvieran diseñados, en vez de para mostrar las emociones, para esconderlas. Como si llevara una máscara de ceja elevada y labios permanentemente sensuales, ligeramente crispados.

– Supongo que muchos hombres buscan en ti lo que no encuentran en casa, rezo para que esta pregunta le resulte atractiva; entiendo que una buena escort ha de saber sacarle partido a la imaginación, ¿te demandan fantasías interesantes?

Nada más cerrar el signo de interrogación ya me he arrepentido porque su gesto se endurece. No le gusta esta pregunta. No le gustan las fantasías. No le gusto yo.

¡fantasías!, responde ácida y deslenguada, odio a los viciosos que vienen a gonorrear -el lapsus es suyo- mi tiempo. Asquerosos. Quieren divertirse a costa de jueguitos exigentes y pretenden gastar lo mínimo. En este mundillo hay que andarse con ojo. Nos explotan los clubs, nos explotan los chulos, los clientes…. somos la última escoria y eso que nuestra función social es muy importante, nuestra labor es vital.

Me está tocando las narices la señoritinga y su victimismo de clase.

– ¿Qué te crees, le digo previendo que me voy a exaltar, que solo las prostitutas conocéis la explotación laboral? Yo por ejemplo ni autónoma ni fondo de pensiones. Y también doy placer a la gente, también mi actividad es vital. Llevo años currando como loca en un blog en el que, por fortuna, la gente entra en masa, se divierte el tiempo que le da la gana y se va sin dar las gracias y sin rascarse el bolsillo ¿de qué me vale tener cientos de miles de visitas si no me da para comprar el pan? Luego me reclaman de periódicos o revistas, les chifla mi trabajo, eso dicen. Me proponen colaboraciones pero ¡ay! con esto de la crisis nadie puede pagar. Me ofrecen popularidad pero no calderilla. Y luego las editoriales, no me hables de las editoriales. Ahora está de moda publicar pero que sea el autor el que paga los costes, es decir, además de puta pones la cama. A ti al menos te pagan tu tiempo, ¿verdad? A nadie se le ocurre felicitarte efusivamente por lo bien que lo haces para acto seguido pedírtelo gratis. Y el dinero purifica ¿sabes? Sube la autoestima, anima el amor propio.

El discurso me sale de corrido y bien hilado porque sé de qué hablo. Estoy tan quemada como esa colilla que ahora Estrella estruja contra el cenicero con sus dedos largos de uñas tópicamente manicuradas en rojo pasión.

Creo que la he impresionado porque aquel rictus de femme fatal ha cedido, en su mirada se tamiza cierta humana sensibilidad. Pero lo cierto es que me he callado una parte muy importante de mi situación laboral. Y es que yo disfruto apasionadamente con este trabajo mío de escritora. Es como una caricia para mi alma, cosquillitas en la espalda, la sal y pimienta de mis pensamientos. Aun sin sueldo, he de reconocer que me aporta mucha alegría. No siempre, claro, no cuando he de leer, por ejemplo, un tocho de esos, que parecieran escritos con el fin de inducir el sueño. Y que me obliga a pasarme varias tardes con las nalgas aplastadas en la silla para realizar una soporífera reseña. Si a Estrella su trabajo le resulta siempre tan tedioso, entiendo su queja y su mal humor.

– No gano un duro, confieso aun a riesgo de perder esa empatía recién conquistada, pero me encanta mi trabajo, disfruto muchísimo escribiendo.

Sin el cigarro resulta más tierna. Tiene los brazos cruzados y me mira ahora de frente con naturalidad. Abre los labios como para decir algo. Esos labios que tanto han mamado y tan poco besado. Vuelve a cerrarlos, como si en el último momento se arrepintiese de lo que iba a decir. De pronto vuelve a abrirlos y lo suelta.

– Yo disfruto con los pobres y frágiles. Por su expresión de extrañeza intuyo que es la primera vez que verbaliza su gozo.

Me quedo de piedra ¿a qué clase de furcia le gustan los pobres desamparados?

– ¿te gustan los hombres débiles?, me pasmo, se sonríe.
– Los clientes. Los clientes pobres, frágiles, sin imaginación. Los que buscan sexo normal y agradecen lo que se les da, y a veces… ¿es rubor lo que percibo bajo la capa de maquillaje?, a veces…, a veces incluso les beso en la boca.
– ¡¿les besas en la boca?,! exclamo como si me hubiera confesado la más abyecta perversión.

Asiente coqueta. De repente le brilla la mirada. Se siente orgullosa de permitirse la licencia de esquivar la norma nª 1 de las rameras tradicionales y ¡qué noticia extraordinaria! Estrella, la aguerrida profesional de la prostitución, curtida en el oficio donde las haya, besa, de vez en cuando, a los clientes elegidos por su corazón. Se ve que no siempre trabaja en frío, que a veces es sensual, sentimental y pasional. Al fin su labor, como la mía, es humanista. Tiene el sentido de reconfortar, de consolar, de divertir. Y ¿quien dice que no pueda ser un trabajo en el que una mujer se sienta plenamente realizada? Un trabajo hermoso. Con sus luces, como todos. Y sus sombras también, por supuesto.

Susana moo


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    Chousa da Alcandra

    10 months ago

    Queda claro que a la escort le gusta tanto su trabajo como a ti el de escritora. Al final va a ser que todos llevamos dentro una puta que vamos maquillando en mayor o menor medida y con más o menos fortuna; tratando de encontrar ese interesante equilibrio entre el mamar y el besar…

    Bicos

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    Eduardo

    10 months ago

    No sé si es ficción, o es realidad, pero me ha gustado la entrevista. Me siento plenamente identificado con la entrevistadora, porque a mí también me gusta mi profesión (músico) y también me toca poner la cama, sobre todo desde que “estamos en crisis”.

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    @tudanco

    9 months ago

    En el gesto del beso en la boca tenemos uno de los actos fundamentales de nuestra supervivencia; así era como nuestros ancestros recibían el alimento premasticado de sus progenitores. Y perdura, que es lo que tiene la memoria genética o atáviaca, en tiempos de dietas hipocalóricas y tablas de abdominales. Por ende, mas que en el placer de la felación o la penetración, tenemos por fundamental el beso, donde amor y vida se dan la mano y la lengua.
    Cuando tenía a El Pais por la biblia de la realidad que nos acontecía, aisshh que tiempos, recuerdo el relato de una ramera que hablaba en la entrevista de un trabajo que consistía en la limpieza en un barco de transporte de viajeros. El poco sueldo y los vómitos que a cada rato debía limpiar se le hicieron insoportables. De todos los relatos que aparecían en el reportaje, solo su vivencia podía emular en repulsión al del sexo por dinero.

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